Comprueba-Poder

La historia ha demostrado que los seres humanos somos capaces de grandes hazañas. El desarrollo del arte, los avances de la tecnología y los descubrimientos en la medicina son solo algunos ejemplos de este hecho. Pero también podemos hablar de importantes y exitosas organizaciones e instituciones que se han logrado establecer y desarrollar. Todas ellas como producto de la mente humana, de ideas, estrategias, planificación. Ahora, dicho esto, sería un gran error considerar la Iglesia como una de esas cosas.

En primer lugar, la Iglesia no fue nuestra idea. Fue y es parte del plan de Dios, y las palabras de Jesús nos aclaran que es él mismo quien la construye (Mt 16:18). Pablo nos recuerda que Jesús también es el fundamento sobre el cual la Iglesia se sostiene (Ef 2:20) y expresa su anhelo de que nuestra fe no dependa de nuestra sabiduría, sino del poder de Dios (1 Co 2:5).

Pero creo que podemos aceptar que entender cómo se ve esto en la práctica puede ser difícil. En otras palabras, ¿cuáles son las maneras en las que se hace tangible la obra del poder del Espíritu Santo en la Iglesia?

Podríamos mencionar muchas, aunque hay al menos tres que me gustaría traer a su atención. El Espíritu Santo manifiesta su poder cuando nos recuerda nuestra identidad, cuando nos da poder de llevar su fruto y ser sus testigos, y cuando nos ayuda a orar y hasta ora por nosotros. La Iglesia es un milagro... de principio a fin.

 

Nos recuerda lo que somos

Pablo dice en Romanos 8:16 que El Espíritu mismo le asegura a nuestro espíritu que somos hijos de Dios. Allá en el interior de nuestro ser se mantiene susurrando y calmando nuestro espíritu, recordándonos que somos suyos. Nos ayuda a no olvidar que somos miembros de la familia de Dios. Ahora que el Espíritu vive en nosotros, como consecuencia vivimos según este, guiados por él y con nuestra mente fijada en sus deseos. El Espíritu Santo nos tiene que recordar lo que somos, porque muy fácilmente lo podemos olvidar, especialmente cuando nuestro enemigo usa la mentira para acusarnos y confundirnos. Solo mediante el poder del Espíritu Santo podemos vivir de acuerdo con nuestra identidad en él. Jesús no solo estableció la Iglesia, sino que con su palabra la afirma a través de la obra del Espíritu.

Nos da poder de ser testigos y llevar fruto

Jesús fue claro con sus discípulos antes de irse. El Espíritu Santo no vendría para ser una parte de nuestra vida cristiana, sino que sería la fuente principal de esta nueva vida; sería el poder que necesitamos para vivir la vida caracterizada por el producto de esta, es decir, el fruto. Pablo menciona esto en Gálatas 5 como “amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio”.

Por ejemplo, Dios no meramente nos ordena ser amorosos, sino que nos da su Espíritu para que este produzca en nosotros amor, y no cualquier amor... un amor como el de él.

Muchas veces limitamos lo que llamamos la manifestación del Espíritu a ciertas actividades que ocurren en un culto y no vemos estas cosas en las vidas de aquellos que somos la Iglesia. Nada es más poderoso que una Iglesia llena del fruto del Espíritu, especialmente en un mundo donde cada vez es más normal la vida con la que Pablo contrasta dicho fruto, a lo que llama las “obras de la naturaleza pecaminosa”. Mientras más oscuro sea este mundo, mayor debe ser el brillo de la Iglesia al vivir esa vida.

Entonces esa iglesia puede ser testigo de algo sobrenatural. Puede decir con sus palabras y sus acciones que un milagro ha ocurrido y que la única explicación es que Dios se ha acercado y ha derramado su Espíritu sobre nosotros. Dios intervino en nuestra historia y cambió nuestro rumbo.

 

Intercede por nosotros

La oración parece ser algo tan sencillo, tan simple. Es difícil aceptar que en realidad no sabemos orar. ¡Hasta para orar necesitamos ayuda! Su Palabra dice que el Espíritu acude a ayudarnos e intercede por nosotros. Piénsalo, no solo nos ayuda a orar, sino que ora por nosotros. Lo mejor de todo es que lo hace conforme a la voluntad de Dios. Las mejores oraciones son las que no se pueden expresar en palabras, y esas son las oraciones que el Espíritu hace por nosotros.

Casi siempre que hablamos del poder de la oración pensamos que se trata de poder que tenemos en nuestras palabras para mover a Dios. No dudo que Dios quiere escucharnos, que nos permite jugar un importante rol por medio de nuestras oraciones y que como dice muchas veces el salmista, “inclina hacia nosotros su oído”, pero el poder de la oración realmente reside solo en el Espíritu que nos ayuda a orar y que ora por nosotros. Reconozcamos nuestra debilidad. Después de todo, según Pablo, es ahí que Su poder se hace perfecto. Eso es lo que sostiene la Iglesia.

Necesitamos ser una Iglesia que escucha la voz del Espíritu recordándonos quiénes somos: hijos amados de Dios. Eso es un milagro.

Necesitamos ser una Iglesia que experimente el fruto del Espíritu y pueda dar testimonio de lo que Dios ha hecho. Eso es un milagro.

Necesitamos ser una Iglesia que reconoce su debilidad y pide ayuda hasta para orar, y que nunca subestima el poder de la oración, especialmente esas oraciones que el Espíritu hace por nosotros. Eso es un milagro.